el conocimiento viene a través del autoconocimiento y para conocerme decidí conocer a los demás

martes, 13 de noviembre de 2012

Lo nacional y popular. El karma de ser argentinos


Los argentinos estamos acabados. El mundo aun no comprende lo que ocurrió con nosotros. Nosotros aun no entendemos qué ocurrió con los argentinos. Nuestra fina aristocracia de principios de siglo pasado, tirando manteca al techo, pero ya anunciados tan tristes, casi amargados y nostálgicos. La nostalgia al final fue nuestro sino. Como explicarles a los extranjeros que poco o nada queda de un país que supo tener la mayor clase media de América latina y unos niveles educativos sorprendentes. Dónde fue toda esa inteligencia?

Hay varias hipótesis: 
1) Nuestra petulancia se nos sentó encima, como el culo de una gorda de 200 kilos sobre la cara de un pobre infeliz, hasta ahogarnos. 2) nos sentíamos tan felices de nosotros mismos que morimos de onanismo. 3) Un día la argentina se sentó en un banquito a psicoanalizarse y quedó cada vez más loca, pero enloqueció sin culpa 4) Para un argentino, nada peor que otro argentino: el argentino secretamente piensa que es el único argentino verdadero y todos los demás merecen hundirse, y así nos va. 5) O quizás tanta corrupción e irresponsabilidad de los gobernantes, con toda nuestra anuencia a lo largo de las décadas consiguió acabar con nuestro potencial.
Lo más extraño es que estoy segura que este sentimiento de estar acabados y en decadencia es tan vieja como la argentina misma.

En mi fuero interno, creo que tanto tiempo pretendiendo ser una parte de Europa anclada en América latina nos cegó completamente. Creernos tantas veces los modelos a seguir nos hizo desconocer nuestros vecinos y humillarlos. Y finalmente nos tocó el turno a fuerza de crisis, de percibir como perdíamos todo aquello que nos hacía jactarnos: éramos latinoamericanos. Con dictaduras tan malas o peores que las de los demás y, lo peor, con índices peores y empeorando.
Tan perdidos nos hallamos en esta nueva identidad que no sabemos siquiera de que se trata ser, por ejemplo, nacional y popular. Qué es lo popular en una Argentina que pasó tanto tiempo creyéndose exclusivamente blanca, europea y culta en desmedro de indígena, inmigrante y tradicional. Civilizada o bárbara, si prefieren. Argentina no sabe que es lo popular, y si bien hay un rescate en los medios gracias a la polarización política que del uso de lo popular hacen algunos partidos, ese rescate no deja de ser un simulacro, una cosa impostada. Y sino quiero ver a Cristina vestida dentre-casa y comiendo un chori, que joder!.  O Damas Gratis tocando en la casa Rosada. ¿O eso ya pasó y por eso hay tanto cheto batiendo cacerola? Que confusión!
Un ejemplo iluminador lo encontré en la novela El puntero, que viene a ser ese proyecto de la tele de reflejar los cambios sociales que se dan en estos tiempos kirchneristas. Para eso resolvieron hacer una serie sobre un puntero de barrio en una villa en un lugar X y mostrar un personaje a la vez, corrupto y asesino, pero con buenas intensiones. Un Robin HOOD que no roba, sino tranza.
En fin, las contradicciones en la novela son muchas. Refleja a la perfección la discriminación hacia los inmigrantes limítrofes en ese caso en doble nivel, en el relato, el personaje de Gitano-protagonista detesta al paraguayo, y a nivel de la representación, en la caracterización del personaje-paraguayo en cuestión  que se mueve como un bufón, se comporta como un tonto, no habla casi español y quiere matar al protagonista. Incluso en el momento de su venganza el paragua es ineficiente, ridículo e indigno de empatía.
Las contradicciones más sutiles son cuando se juntan los actores profesionales, que intentan reflejar a los villeros pero reflejan a la perfección los estereotipos existentes, con los actores naturales (villeros originales?), que parecen estar riéndose de esa historia que intenta y no quiere o puede retratarlos.
Pero lo más diciente de nuestra incapacidad de asimilar nuestra propia idiosincrasia, por ser lo primero quizás que salta a los ojos, es la apertura del programa, con música disco colombiana y con desfile de “símbolos políticos y nacionales” incluído. En una estética que pertenece también a Colombia y que es casi una marca registrada de sus programas y emisiones (sino, véase un poco de tele colombiana de los últimos 5 años). Y no porque este mal que tomemos lo colombiano aceptando lo latinoamericano, sino porque tuvimos que tomar algo latinoamericano que ya fue reconocido, lo latino aceptable, y no lo realmente popular en la argentina. Un completo fracaso en el intento de reconocimiento y representación de lo argentino con sus propias características. 
Lo indignante es que en vez de rescatar nuestra propia cumbia, la cumbia al menos que desde hace años se escucha y se produce en la villas y clases más bajas argentinas, los medios difunden una cumbia colombiana que ya ha pasado a su vez, por un más interesante aunque no menos homogeneizante y pasteurizante, proceso de relectura por las nuevas generaciones de músicos (profesionales) que la han mezclado con otros ritmos y sintetizadores para darle un aire más cool y moderno.  Pero nosotros ni siquiera hacemos esa relectura o difundimos a los que la hacen, sino que seguimos negándolo y huímos directamente a un latinoamericanismo ya mundializado que sigue ignorando nuestra particularidad,con todo lo que pueda tener en común con Colombia o Paraguay.  

Una digresión final es la comparación que salta a la vista de todos: En esa superación de las novelas románticas para incluir un reflejo social, la argentina produjo novelas sobre grupos de terapia (culpables, vulnerables, locas de amor, trátame bien ) o con personajes que hacían terapia o eran terapeutas (lista interminable). También hubo con temáticas de prisión y de policías corruptos. En Colombia fueron las novelas y emisiones sobre narcos y la cultura narco. 

martes, 6 de noviembre de 2012

ZOMBIES


    Ver zombies está de moda, pero yo miraba zombies desde hace por los menos 10 años. Claro, también vi los clásicos de este subgénero del terror, hace un poco más de tiempo, cuando era una niña.
    Las películas de zombies me hacen reflexionar sobre lo más profundo de la realidad humana, no sólo sobre los limites sociales, sino sobre todo sobre el cuerpo y el límite del cuerpo. El cuerpo como objeto que se revienta, que se aplasta y que se corta. Pero también es una forma de mantenerse consciente de que este mundo está lleno de cosas horrorosas. Que algunas personas, sin importar que hayan hecho pueden sucumbir y morir en manos de unos degenerados que se encargaran de darles una dosis de dolor y terror. Y eso porque? Porque no todo el mundo es tan hippie, pacifista y desinteresado de las cosas materiales.
    Yo miro películas de zombies porque tengo mucho miedo. Porque es un mundo horrible y porque es una hace catarsis del mundo lleno de peligros donde vivimos. Donde buenos e inocentes son asesinados, cortados, mutilados o torturados. En el mundo de los zombies eso no le pasa casi nunca a los miembros importantes del grupo (quizás a los secundarios), y sin embargo al final, todos mueren.

martes, 28 de agosto de 2012

un silencio reina en la casa de todos
|en la casa mia.
un silencio frágil.
todos duermen a puerta cerrada
y en mi cuarto sin puertas,
|mi cuarto-pasillo
donde no llega el sol
donde el agua obstinada se reproduce.
intento dormir y no puedo
y sé que tras el muro, el cielo está gris
y vienen nuevas lluvias.

miércoles, 4 de julio de 2012


Marta acaba de regresar. Ella siempre está volviendo o yéndose a algún lugar. Se cree muy especial seguramente. Eso porque dejó una beca de doctorado para ser camarera. Porque cree que no está con nada. Porque flirteó con el movimiento okupa y viajó y trabajó un poco por todos lados. En realidad lo que tiene desde hace varios años es incapacidad de compromiso y responsabilidad.
Marta es medio puta, pero es una puta enamorada. Tan desesperada anda por encontrar el amor que da demasiadas oportunidades. Que intenta con todos. Cuando la dejó su primer novio colombiano, ese que se volvió gay mientras estaba con ella, se metió con un amigo de él al que seguramente le tenía ganas desde antes. Marta quedó medio trastornada de esa relación que había tenido con ese man. Mucho pluralismo sexual, mucho verso de sexo libre que ella probó por probar, con la misma falta de seriedad y convencimiento que prueba todo lo demás.
Ahora está de nuevo a en Bogotá visitando a sus “amigos y amigas colombianos”, que ha conocido y conoce desde Argentina o en Bogotá a través de redes concéntricas que crecen y se cruzan, de amigos y amantes. Todas esas relaciones ya fueron pasando por sus piernas. Si no se rumbeó a las amigas, se metió con un ex o con un actual de las nenas. Y también vice-versa. ¿Arruinó eso las amistades o las hizo más fuertes?
¡Que va! ¡A quién le importan los culeos! Si ayer nos quisimos ¿qué importa?, si hoy queremos a otros. ¡Y somos tan maduros y posmodernos! Ahora volvió para su cumpleaños de treinta además. Pretende que todos la queramos. Quiere que le celebremos. Ser el centro. Por eso se va y vuelve. Quiere recordarme otra vez que ella se metió con el Paisa cuando nosotros nos peleamos. Y que intentó, como siempre, que el paisa la quisiera, que fueran serios. Pero el Paisa no quería estar con ella en ese entonces y ahora tampoco. Ahora volvió conmigo hace más de un año y medio. Y ella sigue viéndonos como si todos fuéramos amigos. Yo no sé porqué la recibo. Claro, ella se juntó con nosotras cuando el Paisa la abrió, como me había abierto a mí. No le quedó otra que salir con las nenas. Ella se dejó consentir. Fue Malena la que la recibió en la casa. Un piso abajo de donde vivía el Paisa y el ex de Malena. Y es que Malena era amiga del primer colombiano con el que salió Marta. Quizás por eso le tenía compasión.
Y ahora todos en Bogotá le hacemos la fiesta. Acá estoy con el Paisa en nuestro apartamento. Le han organizado una bienvenida en mi casa. Y Malena, que organizó todo y fue la de la idea, no ha venido. Solo estamos el Paisa, Alejo –que es un amigo inofensivo y retraído- y yo. He preparado comida y tenemos un vino. Marta se ha hecho esperar. Casi que no sabemos para qué estamos acá reunidos, Alejo, el Paisa y yo.
Llamamos a Malena y no responde. Ha desaparecido. Será porque se ha arreglado con Jairo, su novio de toda la vida, con el que Marta también se metió e intentó tener algo cuando estudiaba en argentina y Malena había quedado en Bogotá. A Malena le sentó como la mierda que esos dos tuvieran cuento. Lo sintió como una traición. A veces pareciera que aún le duele. Y ahora volvió con Jairo y Marta esta aquí.
Marta llegó borracha. Lista para ser la estrella, para hablar de su vida y de todos los giros que ha pegado. Para dar alarde de que al fin consiguió un colombiano que la quiera y que están viviendo juntos en Sao Paulo. Marta lo que quiere en verdad es un auditorio. Quiere espectadores. Nunca vi a nadie tan necesitado de atención y afecto.
Apenas tenemos un vino. Un vino entre cuatro, o entre tres, por que el Paisa está de antibióticos. Es un gran bebedor él también. Y ella ya está borracha. Se ríe fuerte. Se cruza de piernas en el suelo con su minifalda. Le lanza miradas al Paisa que hace esfuerzos por no corresponderle. Habla de su novio. Ignora sistemáticamente a Alejo que ha permanecido él más callado de todos. Y yo, de anfitriona, de señora de la casa.
Estoy cansada y tengo sueño. Mañana tengo que trabajar y atiendo a esta pendeja, que por otra parte solo quiere irse de nuevo a ver a su novio. Me burlo de ella y la filmo, diciendo las pavadas que dice siempre. ¡Que tiene suerte, que está enamorada, que está vez es en serio!
Y luego me acuerdo: hace unos días cuando estaba aburrida me escaneé las tetas. Y por error esa foto le llegó a Alejo en un email. Evidentemente no respetamos a Alejo.
Un impulsó. Me bajo los pantalones y ahí mismo me siento sobre el escáner. Los muchachos se ponen incómodos. Marta me mira y me dice o me recuerda -Va a salir en la pantalla.
Y en la pantalla aparece como un recordatorio. Como una pancarta. Como mi bandera. Para que vean todos por qué el Paisa está conmigo. Para que él recuerde cual es su lugar. Para que lo vea ella. Pa’ que se sepa quién reina en la casa: Mi culo. 

viernes, 8 de junio de 2012

de viejos amores que ya son fantasmas.


Me encontré al amor de mi vida, al único amor verdadero que tuve. Ese que hace rato es una sombra de lo que fue. ¡Como nos aferramos al dulce recuerdo¡ La adicción al sentimiento, ¡los hay a muchas clases¡. En fin, me lo encontré –te decía- cuando llegué a Buenos Aires. Hacía una semana que yo había llegado. Esa vez había pasado un año y medio sin noticias suyas y pensar en regresar era pensar en verlo, pero no tenía como contactarlo. No sabía ya donde vivía.   
Una noche cualquiera en la primera salida a capital, con unos apenas-conocidos, tomábamos una cerveza (o varias) mientras caminábamos desde Facultad de Medicina hasta Congreso. Entré en un bar de Avenida  de mayo. Allí donde las ganas de mear me dieron urgentes. Era el 33 billares. Y ahí estaba él. Yo salía sin verlo, y él me llamó. Estaba trabajando ahí, detrás del mostrador, en la caja.
Las ideas que me vinieron a la mente, sobre el destino, sobre la fuerza de mi deseo que me había llevado a él, sobre las probabilidades del encuentro y sobre lo que vendría. ¿Nos veríamos? ¿Habría cambiado? ¿Sería yo más madura y él menos adicto?
Nos miramos y te juro que no había nada alrededor nuestro. Nos reíamos del destino. Pero pronto volvió el entorno: los mozos, la encargada -con quien llegué a pensar que él tendría algo, por como todos nos miraban incrédulos. Nos pasamos el teléfono y me fui, yo con mis amigos, él a su trabajo.
Tardó tres días en llamarme y yo desesperaba. La conversación fue corta:
-Vas a creer que no quería hablarte pero quiero contarte algo. Estoy viviendo en pareja y tengo un bebe de seis meses, se llama Facundo.
Atiné a decir “que lindo”. Nada más, luego me puse a llorar y corté, no sé si llovía, pero estaba en la calle y hacia frio. Estaba sola.
En ese que lindo estaba todo lo que me hubiera gustado ser y todo lo que no pudimos ser juntos. Y yo creo que sé que no volverá a ser mío. Y a la vez sé que lo es y lo será siempre. Soy para él una fuerza capaz de detenerlo todo, un instante. 

Uno decide como se toma las cosas en la vida. Que  importancia y significación le das a los hechos que explican TU historia cuando te la cuentas a tí mismo. Es fácil despreciarnos.
No puedo saber que pasó entre dos personas en el pasado, ni lo que pasa ahora… las relaciones entre dos son un misterio que a veces ni ellas comprenden. A veces, uno a penas consigue comprenderse, a veces ni eso. 

jueves, 17 de mayo de 2012

el nihilismo alimentario


Recuerdo que hace poco más de quince años, es decir, cuando era esa rara mezcla entre niña y pretendida adolescente, encontraba en el periódico dominical conservador que circulaba en casa unos mini-artículos con hechos curiosos que debía escribir el periodista más joven de la redacción. Hubo, una vez, uno que llamó mi atención por que no podía terminar de comprenderlo. Al parecer, en aquella época comenzaba un movimiento de jóvenes en Estados Unidos que pretendían vivir del reciclaje. Esta cultura alterna, legado del hippismo y otras yerbas, tenía como práctica aglutinante juntar todo aquello que era desechado por la sociedad de consumo en las grandes metrópolis. Y claro, yo entendía que la gente se llevara un sofá que se encontraba en la calle, pero no terminaba de asimilar como era que esa gente vivía también de la comida que encontraban en la basura.
         Ahora que lo recuerdo me da risa, porque cuando a mis veinticinco años visitaba a mi sobrina que es unos 5 menor que yo, en Buenos Aires, y le preguntaba por las verduras mustias que tenía en la heladera, ella al principio me contestaba que el verdulero la había estafado. Luego comenzó a decirme que se lo habían regalado. Obviamente yo no estaba “ligada”.
Fue un poco más tarde que conocí la eco-aldeaVelatropa en la ciudad universitaria de la UBA, donde ella tenía un segundo hogar y una segunda familia. Allí el reciclaje era más vasto y una veintena de neo-hippies verdes y mayas, seguidores de cuanta creencia extraña alrededor de la magia y del amor al cosmos hubiere, lectores de las enseñanzas de Don Juan, acólitos de los preceptos del calendario maya, avistadores de ovnis -porque que los hay, los hay- entregaban abrazos de diez segundos, vagueaban y bailaban descalzos, para llegar al climax que consistía en hacer una ronda gigante y repartirse los alimentos (reciclados) y veganos, obvio. Huelga decir que climax y epifanías a esta gente le gustaba tener varios por día.
Fui hasta allá en dos oportunidades para ver a la susodicha hippie de la familia, pero huía despavorida luego del primer abrazo de esos seres sin ducha. Nunca pude sostenerle la mirada a esta gente que lo mira a uno como si acabaran de recibir una revelación o un rayo divino o extraterrestre, y parecieran decir "vengo a traerles paz". Yo era y sigo siendo más oscura, más punk y, espero, más política. Y si bien admiraba la vida en comunidad... me parecía que esta gente se quedaba muy en sí mismos.
         Tuve primero que vivir en una okupación en Barcelona para comenzar a entender como funcionaba eso de vivir en comunidad y de reciclar. Allí un grupo más bien heterogéneo de gitanos, ilegales, saltimbanquis, curiosos y demás, okupamos un edificio y comenzamos a vivir con todo lo que encontrábamos.
Mejor dicho, lo primero fue encontrarnos. Conocernos, coincidir todos en un espacio y hacer un taller que consistía en reuniones donde todas las decisiones se tomaban en colectivo. Fue decidiendo colectivamente que conseguimos nuestro objetivo: vivir juntos.
Nuestras coincidencias eran las ganas y la necesidad de vivienda, y el desacuerdo con el sistema capitalista. Lo fácil, era que era Barcelona, era posible –ejemplos abundaban-,  contábamos con redes de apoyo –ya conocíamos a los abogados para ese tipo de casos, e íbamos a afrontar los riesgos. Lo difícil,.. mentiras, no fue tan difícil. Claro, allá no era tan difícil por que aunque estaba el miedo a ser detenidos, y algunos incluso extraditados, no temíamos como en estos hemisferios, la brutalidad policial. Quizás de una manera naif, porque nada más facho que un policía español.

Los detalles mejor no los cuento, aún hay un proceso judicial al respecto y aún resiste la casita, en pleno centro de Barcelona, orgullosa y desafiante.

Pues claro entonces, una vez dentro de ese edificio donde fuimos "invitados", resultó que el lugar estaba amueblado por sus moradores anteriores, unos junkies que habían sido desalojados hacia unos seis meses. Hubo que limpiar, destapiar, echar pintura, tirar escombros en cantidad, pero de manera sigilosa. Trabar la puerta con un puntal como medida de seguridad ante posibles desalojos.
 Nosotros no éramos hippies del amor, así que nuestras asambleas estaban llenas de miedos, de la palabra “seguridad”, y hasta a veces de desconfianzas y recriminaciones. Pero siempre salimos adelante y logramos manejar las asperezas y coincidíamos en la voluntad de hacer cosas para la comunidad, en que la casa debía tener un “centro social”.
Lo más importante pues, para esta historia, cubrir nuestras necesidades de alimento y abrigo. Se me enseño el arte del reciclaje desde la necesidad. Alguna vez, una so-pretendida purista del lenguaje me dijo que lo que hacíamos no era reciclaje porque no estábamos transformando lo que tomábamos sino que le seguíamos dando el mismo uso, y que la palabra que convenía entonces era la de recuperación. Yo digo que nosotros veníamos haciendo esa práctica y nosotros la llamábamos así. Y por ende, teníamos derecho de llamar a eso que hacemos como queremos y que realmente nosotros transformábamos lo que juntábamos de basura a objeto de valor, no ya económico si no, porqué no, humano.
El reciclaje tiene varias acciones: caminar, mirar, reconocer, evaluar, tocar y olfatear. Desplazándonos encontrábamos en las calles, mantas viejas, ropa descartada, muebles, sillas, adornos que ya no gustaron, cosas pasadas de moda, etc. Todo lo más o menos bueno era llevado a la casa, teníamos una sala al efecto y allí cualquier persona podía entrar a medirse lo que le gustara. Eso recibe el nombre de Tienda Gratis. El capitalismo nos enseña la necesidad de cambiar de ropa por aburrimiento y  de querer tener cosas nuevas, la tienda gratis era un lugar de intercambio, donde uno podía llegar con una prenda y cambiarla por otra o simplemente llevarse otras dos.
Comer era apenas más complicado. Comprendía además, un estudio de  horarios. Hay momentos más adecuados para cada cosa, y al cabo de poco tiempo, se puede hacer un itinerario. Salíamos al cierre de los negocios, las panaderías, el mercado o feria –para las verduras-, y los supermercados. Todos tiraban los productos que ya no se consideran buenos para la venta. Algunos negocios, sobre todo un par de panaderías, nos daban el pan en mano. En la mayoría tocaba esperar el cierre final y revolver la basura hasta dar con las cosas: sanduiches del día, pan, masas dulces, bombones. Vivíamos sin gastar una luka. Las frutas y verduras las esperábamos en el mercado central de la Rambla Catalunya. Nos quedábamos delante de los containers y esperábamos a que llegaran las cajas de verduras para botar y filtrábamos las mejores. De esa manera alimentábamos la casa entera (20 personas) Y también lográbamos hacer ollas populares, primero 2 veces a la semana, luego casi todos los días. Alimentábamos allí una cantidad más de personas.
Pero lo más asombroso fue ir a los supermercados a la hora de cierre a esperar y revisar las bolsas de basura. Allí se encontraban yogures, leche, queso, salmón rosado, panes, y carnes varias (mayormente pollo y conejo), entre otras cosas. Todo vencido o a punto de vencer.
Aprendí que nos envenenamos enormemente con la cantidad de conservantes que le echan a nuestra comida. Empezaron a cambiar realmente mis impresiones sobre el consumo, la circulación de bienes, la mediación ejercida por unos pocos para el acceso a los alimentos y quizás mis más contradictorias creencias sobre los alimentos frescos.
La experiencia de revolver en las basuras. De sacar sanduiches de atún, con tomate, queso y huevo, de rearmar esos sanduiches mezclados, en tapas de pan desechas. De abrir una bolsa negra y sacar facturas, dulces, panes salados, bollos, todo revuelto, todo tirado a la basura luego de un día, me dejó varias cosas y me transformó.
 Cuando estamos, al costado de la calle, frente a una bolsa, comiendo un sanduiche y compartiéndolo con algún sin techo o estudiante, algún curioso o hambriento, en la noche barcelonesa, mientras al lado nuestro pasan turistas de todo el mundo y borrachos, en plena fiebre consumista, nos encontramos en situaciones paradójicas
        Claro, no dejaba de ser chocante al principio y de enfrentarnos a varios tabúes. Al “no recogerás cosas del suelo” y menos para comerlas; a los gérmenes, esos bichos microscópicos para los que ya casi no tenemos defensas a fuerza de limpiar todo con desinfectante; al miedo a lo desconocido y no saber que le habrá pasado previamente a esos alimentos que estábamos desembolsando en el  callejón; al miedo a lo conocido y nuevamente a los microbios -¿serán lo mismo que los gérmenes?- que indudablemente deben poblar el callejón. Pero el mayor impedimento para realizar este tipo de prácticas es la propia vergüenza y la mirada del otro.
En el callejón no sólo están los gérmenes, los microbios y, las no más visibles ratas y cucarachas -a las que intentaremos ganarles de mano-. Están, sobre todo, los transeúntes. Es la mirada de estos la que humilla al que recoge, algunas veces, con lástima, otras, con violencia.  
Cuando uno recoge lo que los comerciantes tiran por no poder venderlo, ocurre que a veces aquellos no quieren, bajo ningún motivo, que alguien aproveche consumiendo lo que no fueron capaces de vender. Claro, como se sostendría el capitalismo si no? Eso puede volver violentos a algunos, o llevarlos a hacer cosas como arruinar la comida para que no pueda ser utilizada, mezclándola con otra clase de desechos, y a agredirnos verbal o físicamente. Para estos casos, lo mejor es aplicar "a palabras necias oídos sordos", y puesto que no van a hacer guardia eternamente frente a su basura, es aconsejable esperar del otro lado de la calle prudentemente, hasta que se vayan.  
Otras personas sienten compasión pensando que sin duda es humillante juntar lo que otros tiran, sobre todo si es para comer. Entonces hacen preguntas, regalan algún billete, vienen con un paquetito de algo. Se interesan y se preocupan pero a ellos hay que explicarles que juntar comida no es sólo motivado por el hambre, que es además una actitud ética y que ese despilfarro absurdo de alimentos es lo que permite mantener el precio elevado de los productos. Me sale pensar, por ejemplo, en los yogures. Toda mi vida amé los yogures y cuando dejé la casa paterna me di cuenta de lo caros que resultaban. Con mi presupuesto de estudiante no conseguía tener siempre yogures y se convirtieron para mí en artículos de lujo. Que sorpresa cuando al comenzar a reciclar en supermercados me encontré con enormes cantidades de yogur. Claro, el yogur vence. Pero el yogur es, en sí mismo, una leche pasada y además tiene conservantes (lo cual será luego objeto de otras reflexiones). En fin, los yogures tienen un precio elevado y sin embargo son producidos en grandes cantidades, lo cual esta pensado para tener siempre disponible una gran oferta al consumidor. Pero también el precio comprende que una gran parte de esa cantidad  no será comprada y será arrojada a la basura, sin ser consumida por nadie, pocos días antes -o el día mismo- en que su empaque así lo anuncie. El sistema produce alimentos a alto costo a sabiendas que parte de esos alimentos no serán consumidos sino desechados. Que no sean aprovechados ayuda a mantener su precio alto. ¡Que me lo explique mejor un economista!.
La tercera postura incomprensiva frente al reciclador o catador de lixo, es que uno tendría que dejar eso para alguien que sí lo necesita (ahora cada cual sabe que necesita, no es cierto?). Lo primero que puede decirse es que uno da un ejemplo recogiendo alimentos que aún son consumibles y que pueden ser aprovechados por personas que hubieran considerado la alternativa de recogerlos demasiado humillante si no nos hubieran visto hacer lo mismo. Juntar los alimentos y compartirlos con otros –sobretodo con desconocidos- es simplemente compartir un hacer y un saber, y es también socializar y protestar.
Hay demasiada poca gente recogiendo alimentos y demasiados alimentos (y objetos) arrojados a la basura por el sistema, por obsoletos o poco atractivos. Desde el reciclaje se enseña con el accionar, compartiendo con otros. De alguna manera todos tenemos nuestras razones para necesitar juntar esos alimentos y objetos. Lo principal será no venderlos. No debe hacerse usufructo de lo que se junta de los contenedores o de lo que se recoge de la calle, como tampoco debe hacerse acopio. Simplemente está en contra de los principios que nos motivan.
Que ocurra que algunos quieran sacar ventaja de lo que recogen en la calle, ocurre. Claramente. En España, al menos, al cierre de los supermercados no solamente he visto okupas, amas de casa e inmigrantes -o todo eso en un solo sujeto-, en lo que era una buena convivencia e intercambio. Sino que también aparecen de vez en cuando cinco o seis tipos de complexión grande que quieren llevarse todo, sin repartir e intercambiar, con sospechosas intensiones.  Es el acopio y la reventa. A ellos también hay que imponérseles y mostrarles entre todos que eso no pertenece a nadie, que debe repartirse gratuitamente, y que frente a la ley del más fuerte está la unión de los más débiles. Esos alimentos no deben ser acopiados, sino consumidos prontamente.
Es evidente que el reciclaje es una práctica dentro del sistema capitalista, que se sirve de sus desechos, y por ende, solo puede existir gracias este. Más que una alternativa al capitalismo, el reciclaje es una forma de sabotaje, porque es no-consumo. Y si bien no cambia el sistema, genera cambios en sus individuos, produce una conducta crítica dentro del sistema desde la cual se puede pasar a otras, más reflexivas, como el cultivo urbano. La reflexión frente a la producción y la distribución de los alimentos mueve a la solidaridad y permite el egreso de algunos pocos individuos del circuito del dinero y del consumo.

domingo, 13 de mayo de 2012

desoñadores


     Se dice que hay dos tipos de escritores, los lectores que escriben y los escritores propiamente dichos. Diego viene a conformar un tercer tipo, los vividores que acumulan experiencias. Después de años estudiando, viajando y viviendo de forma voltajuda, Diego aún no se decide, como si su lenguaje barroco y florido no fuera suficiente; como si le faltara inteligencia, como si no tuviera material de sobra. Prueba y desiste rápidamente del camino de la escritura, por carecer según él, del juicio necesario. Es que el rasgo más permanente que posee es la inconstancia. 
     Ahora sueña en volverse rico con mil emprendimientos absurdos para los que nunca se preparó. Allí está, como Balzac o como Arlt, soñando con el invento que lo saque de la pobreza. Un invento que le estalle en la cara, que le cambie la vida de la noche a la mañana, como si no bastara con su cambio permanente. Y no es que Diego sea pobre y la esté pasando mal, puesto que tiene una mujer médico. Pero es que mientras permanezca tan paupérrimo ella lo posee, lo controla, lo guía y lo decide. No se puede ser libre cuando se tiene que pedir dinero para todo. Diego quiere, a fin de cuentas, una independencia económica que le devuelva el orgullo. Un ingreso que le de la razón, a él, a sus ideas, a su vida.
    Quiere triunfar como escritor, claro, pero como escritor carece de la paciencia para llegar. Quiere escribir una novela genial que lo saque del anonimato, que se defienda por sí sola o que sea publicada. Una novela revelación que lo sorprenda a él mismo, a su mujer y a sus amigos. Diego está buscando un gran golpe. No puedo conformarse con publicar algunos cuentos. Con imprimir él mismo sus rasguños y repartirlos por la calle a dos euros.
      Pero ¿y seguir el camino lento?. Yo creo que el modelo posible de escritor para Diego es Bolaño, pero quién quiere ser Bolaño si el man casi que murió como había vivido. No llegó a probar su éxito. Murió cuando comenzaba a dar frutos. ¿Cuáles serán las huertas colgantes y los emprendimientos que se tejen en su imaginación, que está para otras cosas?. Un cuelgue, varios sueños, así también sus estudios que no quiere dar por vencido. No larga nada.
    Y yo por mi parte, ni leo ni soy una escritora, apenas escribo sobre lo que le pasa a la gente que me rodea. Ya no sueño con nada, soy una observadora.

martes, 3 de enero de 2012

las fiestas


Las  fiestas han estado bien... sabés.. lo de siempre
A la familia la extraño hasta que estoy acá y me doy cuenta que no termino de satisfacer sus ganas de mi, todo el tiempo y a su estilo, o algo así.

Igual y a pesar de eso son los únicos incondicionales en la vida