el conocimiento viene a través del autoconocimiento y para conocerme decidí conocer a los demás

jueves, 17 de mayo de 2012

el nihilismo alimentario


Recuerdo que hace poco más de quince años, es decir, cuando era esa rara mezcla entre niña y pretendida adolescente, encontraba en el periódico dominical conservador que circulaba en casa unos mini-artículos con hechos curiosos que debía escribir el periodista más joven de la redacción. Hubo, una vez, uno que llamó mi atención por que no podía terminar de comprenderlo. Al parecer, en aquella época comenzaba un movimiento de jóvenes en Estados Unidos que pretendían vivir del reciclaje. Esta cultura alterna, legado del hippismo y otras yerbas, tenía como práctica aglutinante juntar todo aquello que era desechado por la sociedad de consumo en las grandes metrópolis. Y claro, yo entendía que la gente se llevara un sofá que se encontraba en la calle, pero no terminaba de asimilar como era que esa gente vivía también de la comida que encontraban en la basura.
         Ahora que lo recuerdo me da risa, porque cuando a mis veinticinco años visitaba a mi sobrina que es unos 5 menor que yo, en Buenos Aires, y le preguntaba por las verduras mustias que tenía en la heladera, ella al principio me contestaba que el verdulero la había estafado. Luego comenzó a decirme que se lo habían regalado. Obviamente yo no estaba “ligada”.
Fue un poco más tarde que conocí la eco-aldeaVelatropa en la ciudad universitaria de la UBA, donde ella tenía un segundo hogar y una segunda familia. Allí el reciclaje era más vasto y una veintena de neo-hippies verdes y mayas, seguidores de cuanta creencia extraña alrededor de la magia y del amor al cosmos hubiere, lectores de las enseñanzas de Don Juan, acólitos de los preceptos del calendario maya, avistadores de ovnis -porque que los hay, los hay- entregaban abrazos de diez segundos, vagueaban y bailaban descalzos, para llegar al climax que consistía en hacer una ronda gigante y repartirse los alimentos (reciclados) y veganos, obvio. Huelga decir que climax y epifanías a esta gente le gustaba tener varios por día.
Fui hasta allá en dos oportunidades para ver a la susodicha hippie de la familia, pero huía despavorida luego del primer abrazo de esos seres sin ducha. Nunca pude sostenerle la mirada a esta gente que lo mira a uno como si acabaran de recibir una revelación o un rayo divino o extraterrestre, y parecieran decir "vengo a traerles paz". Yo era y sigo siendo más oscura, más punk y, espero, más política. Y si bien admiraba la vida en comunidad... me parecía que esta gente se quedaba muy en sí mismos.
         Tuve primero que vivir en una okupación en Barcelona para comenzar a entender como funcionaba eso de vivir en comunidad y de reciclar. Allí un grupo más bien heterogéneo de gitanos, ilegales, saltimbanquis, curiosos y demás, okupamos un edificio y comenzamos a vivir con todo lo que encontrábamos.
Mejor dicho, lo primero fue encontrarnos. Conocernos, coincidir todos en un espacio y hacer un taller que consistía en reuniones donde todas las decisiones se tomaban en colectivo. Fue decidiendo colectivamente que conseguimos nuestro objetivo: vivir juntos.
Nuestras coincidencias eran las ganas y la necesidad de vivienda, y el desacuerdo con el sistema capitalista. Lo fácil, era que era Barcelona, era posible –ejemplos abundaban-,  contábamos con redes de apoyo –ya conocíamos a los abogados para ese tipo de casos, e íbamos a afrontar los riesgos. Lo difícil,.. mentiras, no fue tan difícil. Claro, allá no era tan difícil por que aunque estaba el miedo a ser detenidos, y algunos incluso extraditados, no temíamos como en estos hemisferios, la brutalidad policial. Quizás de una manera naif, porque nada más facho que un policía español.

Los detalles mejor no los cuento, aún hay un proceso judicial al respecto y aún resiste la casita, en pleno centro de Barcelona, orgullosa y desafiante.

Pues claro entonces, una vez dentro de ese edificio donde fuimos "invitados", resultó que el lugar estaba amueblado por sus moradores anteriores, unos junkies que habían sido desalojados hacia unos seis meses. Hubo que limpiar, destapiar, echar pintura, tirar escombros en cantidad, pero de manera sigilosa. Trabar la puerta con un puntal como medida de seguridad ante posibles desalojos.
 Nosotros no éramos hippies del amor, así que nuestras asambleas estaban llenas de miedos, de la palabra “seguridad”, y hasta a veces de desconfianzas y recriminaciones. Pero siempre salimos adelante y logramos manejar las asperezas y coincidíamos en la voluntad de hacer cosas para la comunidad, en que la casa debía tener un “centro social”.
Lo más importante pues, para esta historia, cubrir nuestras necesidades de alimento y abrigo. Se me enseño el arte del reciclaje desde la necesidad. Alguna vez, una so-pretendida purista del lenguaje me dijo que lo que hacíamos no era reciclaje porque no estábamos transformando lo que tomábamos sino que le seguíamos dando el mismo uso, y que la palabra que convenía entonces era la de recuperación. Yo digo que nosotros veníamos haciendo esa práctica y nosotros la llamábamos así. Y por ende, teníamos derecho de llamar a eso que hacemos como queremos y que realmente nosotros transformábamos lo que juntábamos de basura a objeto de valor, no ya económico si no, porqué no, humano.
El reciclaje tiene varias acciones: caminar, mirar, reconocer, evaluar, tocar y olfatear. Desplazándonos encontrábamos en las calles, mantas viejas, ropa descartada, muebles, sillas, adornos que ya no gustaron, cosas pasadas de moda, etc. Todo lo más o menos bueno era llevado a la casa, teníamos una sala al efecto y allí cualquier persona podía entrar a medirse lo que le gustara. Eso recibe el nombre de Tienda Gratis. El capitalismo nos enseña la necesidad de cambiar de ropa por aburrimiento y  de querer tener cosas nuevas, la tienda gratis era un lugar de intercambio, donde uno podía llegar con una prenda y cambiarla por otra o simplemente llevarse otras dos.
Comer era apenas más complicado. Comprendía además, un estudio de  horarios. Hay momentos más adecuados para cada cosa, y al cabo de poco tiempo, se puede hacer un itinerario. Salíamos al cierre de los negocios, las panaderías, el mercado o feria –para las verduras-, y los supermercados. Todos tiraban los productos que ya no se consideran buenos para la venta. Algunos negocios, sobre todo un par de panaderías, nos daban el pan en mano. En la mayoría tocaba esperar el cierre final y revolver la basura hasta dar con las cosas: sanduiches del día, pan, masas dulces, bombones. Vivíamos sin gastar una luka. Las frutas y verduras las esperábamos en el mercado central de la Rambla Catalunya. Nos quedábamos delante de los containers y esperábamos a que llegaran las cajas de verduras para botar y filtrábamos las mejores. De esa manera alimentábamos la casa entera (20 personas) Y también lográbamos hacer ollas populares, primero 2 veces a la semana, luego casi todos los días. Alimentábamos allí una cantidad más de personas.
Pero lo más asombroso fue ir a los supermercados a la hora de cierre a esperar y revisar las bolsas de basura. Allí se encontraban yogures, leche, queso, salmón rosado, panes, y carnes varias (mayormente pollo y conejo), entre otras cosas. Todo vencido o a punto de vencer.
Aprendí que nos envenenamos enormemente con la cantidad de conservantes que le echan a nuestra comida. Empezaron a cambiar realmente mis impresiones sobre el consumo, la circulación de bienes, la mediación ejercida por unos pocos para el acceso a los alimentos y quizás mis más contradictorias creencias sobre los alimentos frescos.
La experiencia de revolver en las basuras. De sacar sanduiches de atún, con tomate, queso y huevo, de rearmar esos sanduiches mezclados, en tapas de pan desechas. De abrir una bolsa negra y sacar facturas, dulces, panes salados, bollos, todo revuelto, todo tirado a la basura luego de un día, me dejó varias cosas y me transformó.
 Cuando estamos, al costado de la calle, frente a una bolsa, comiendo un sanduiche y compartiéndolo con algún sin techo o estudiante, algún curioso o hambriento, en la noche barcelonesa, mientras al lado nuestro pasan turistas de todo el mundo y borrachos, en plena fiebre consumista, nos encontramos en situaciones paradójicas
        Claro, no dejaba de ser chocante al principio y de enfrentarnos a varios tabúes. Al “no recogerás cosas del suelo” y menos para comerlas; a los gérmenes, esos bichos microscópicos para los que ya casi no tenemos defensas a fuerza de limpiar todo con desinfectante; al miedo a lo desconocido y no saber que le habrá pasado previamente a esos alimentos que estábamos desembolsando en el  callejón; al miedo a lo conocido y nuevamente a los microbios -¿serán lo mismo que los gérmenes?- que indudablemente deben poblar el callejón. Pero el mayor impedimento para realizar este tipo de prácticas es la propia vergüenza y la mirada del otro.
En el callejón no sólo están los gérmenes, los microbios y, las no más visibles ratas y cucarachas -a las que intentaremos ganarles de mano-. Están, sobre todo, los transeúntes. Es la mirada de estos la que humilla al que recoge, algunas veces, con lástima, otras, con violencia.  
Cuando uno recoge lo que los comerciantes tiran por no poder venderlo, ocurre que a veces aquellos no quieren, bajo ningún motivo, que alguien aproveche consumiendo lo que no fueron capaces de vender. Claro, como se sostendría el capitalismo si no? Eso puede volver violentos a algunos, o llevarlos a hacer cosas como arruinar la comida para que no pueda ser utilizada, mezclándola con otra clase de desechos, y a agredirnos verbal o físicamente. Para estos casos, lo mejor es aplicar "a palabras necias oídos sordos", y puesto que no van a hacer guardia eternamente frente a su basura, es aconsejable esperar del otro lado de la calle prudentemente, hasta que se vayan.  
Otras personas sienten compasión pensando que sin duda es humillante juntar lo que otros tiran, sobre todo si es para comer. Entonces hacen preguntas, regalan algún billete, vienen con un paquetito de algo. Se interesan y se preocupan pero a ellos hay que explicarles que juntar comida no es sólo motivado por el hambre, que es además una actitud ética y que ese despilfarro absurdo de alimentos es lo que permite mantener el precio elevado de los productos. Me sale pensar, por ejemplo, en los yogures. Toda mi vida amé los yogures y cuando dejé la casa paterna me di cuenta de lo caros que resultaban. Con mi presupuesto de estudiante no conseguía tener siempre yogures y se convirtieron para mí en artículos de lujo. Que sorpresa cuando al comenzar a reciclar en supermercados me encontré con enormes cantidades de yogur. Claro, el yogur vence. Pero el yogur es, en sí mismo, una leche pasada y además tiene conservantes (lo cual será luego objeto de otras reflexiones). En fin, los yogures tienen un precio elevado y sin embargo son producidos en grandes cantidades, lo cual esta pensado para tener siempre disponible una gran oferta al consumidor. Pero también el precio comprende que una gran parte de esa cantidad  no será comprada y será arrojada a la basura, sin ser consumida por nadie, pocos días antes -o el día mismo- en que su empaque así lo anuncie. El sistema produce alimentos a alto costo a sabiendas que parte de esos alimentos no serán consumidos sino desechados. Que no sean aprovechados ayuda a mantener su precio alto. ¡Que me lo explique mejor un economista!.
La tercera postura incomprensiva frente al reciclador o catador de lixo, es que uno tendría que dejar eso para alguien que sí lo necesita (ahora cada cual sabe que necesita, no es cierto?). Lo primero que puede decirse es que uno da un ejemplo recogiendo alimentos que aún son consumibles y que pueden ser aprovechados por personas que hubieran considerado la alternativa de recogerlos demasiado humillante si no nos hubieran visto hacer lo mismo. Juntar los alimentos y compartirlos con otros –sobretodo con desconocidos- es simplemente compartir un hacer y un saber, y es también socializar y protestar.
Hay demasiada poca gente recogiendo alimentos y demasiados alimentos (y objetos) arrojados a la basura por el sistema, por obsoletos o poco atractivos. Desde el reciclaje se enseña con el accionar, compartiendo con otros. De alguna manera todos tenemos nuestras razones para necesitar juntar esos alimentos y objetos. Lo principal será no venderlos. No debe hacerse usufructo de lo que se junta de los contenedores o de lo que se recoge de la calle, como tampoco debe hacerse acopio. Simplemente está en contra de los principios que nos motivan.
Que ocurra que algunos quieran sacar ventaja de lo que recogen en la calle, ocurre. Claramente. En España, al menos, al cierre de los supermercados no solamente he visto okupas, amas de casa e inmigrantes -o todo eso en un solo sujeto-, en lo que era una buena convivencia e intercambio. Sino que también aparecen de vez en cuando cinco o seis tipos de complexión grande que quieren llevarse todo, sin repartir e intercambiar, con sospechosas intensiones.  Es el acopio y la reventa. A ellos también hay que imponérseles y mostrarles entre todos que eso no pertenece a nadie, que debe repartirse gratuitamente, y que frente a la ley del más fuerte está la unión de los más débiles. Esos alimentos no deben ser acopiados, sino consumidos prontamente.
Es evidente que el reciclaje es una práctica dentro del sistema capitalista, que se sirve de sus desechos, y por ende, solo puede existir gracias este. Más que una alternativa al capitalismo, el reciclaje es una forma de sabotaje, porque es no-consumo. Y si bien no cambia el sistema, genera cambios en sus individuos, produce una conducta crítica dentro del sistema desde la cual se puede pasar a otras, más reflexivas, como el cultivo urbano. La reflexión frente a la producción y la distribución de los alimentos mueve a la solidaridad y permite el egreso de algunos pocos individuos del circuito del dinero y del consumo.

domingo, 13 de mayo de 2012

desoñadores


     Se dice que hay dos tipos de escritores, los lectores que escriben y los escritores propiamente dichos. Diego viene a conformar un tercer tipo, los vividores que acumulan experiencias. Después de años estudiando, viajando y viviendo de forma voltajuda, Diego aún no se decide, como si su lenguaje barroco y florido no fuera suficiente; como si le faltara inteligencia, como si no tuviera material de sobra. Prueba y desiste rápidamente del camino de la escritura, por carecer según él, del juicio necesario. Es que el rasgo más permanente que posee es la inconstancia. 
     Ahora sueña en volverse rico con mil emprendimientos absurdos para los que nunca se preparó. Allí está, como Balzac o como Arlt, soñando con el invento que lo saque de la pobreza. Un invento que le estalle en la cara, que le cambie la vida de la noche a la mañana, como si no bastara con su cambio permanente. Y no es que Diego sea pobre y la esté pasando mal, puesto que tiene una mujer médico. Pero es que mientras permanezca tan paupérrimo ella lo posee, lo controla, lo guía y lo decide. No se puede ser libre cuando se tiene que pedir dinero para todo. Diego quiere, a fin de cuentas, una independencia económica que le devuelva el orgullo. Un ingreso que le de la razón, a él, a sus ideas, a su vida.
    Quiere triunfar como escritor, claro, pero como escritor carece de la paciencia para llegar. Quiere escribir una novela genial que lo saque del anonimato, que se defienda por sí sola o que sea publicada. Una novela revelación que lo sorprenda a él mismo, a su mujer y a sus amigos. Diego está buscando un gran golpe. No puedo conformarse con publicar algunos cuentos. Con imprimir él mismo sus rasguños y repartirlos por la calle a dos euros.
      Pero ¿y seguir el camino lento?. Yo creo que el modelo posible de escritor para Diego es Bolaño, pero quién quiere ser Bolaño si el man casi que murió como había vivido. No llegó a probar su éxito. Murió cuando comenzaba a dar frutos. ¿Cuáles serán las huertas colgantes y los emprendimientos que se tejen en su imaginación, que está para otras cosas?. Un cuelgue, varios sueños, así también sus estudios que no quiere dar por vencido. No larga nada.
    Y yo por mi parte, ni leo ni soy una escritora, apenas escribo sobre lo que le pasa a la gente que me rodea. Ya no sueño con nada, soy una observadora.