Recuerdo que hace poco más de quince años, es decir, cuando era
esa rara mezcla entre niña y pretendida adolescente, encontraba
en el periódico dominical conservador que circulaba en casa unos mini-artículos
con hechos curiosos que debía escribir el periodista más joven de la redacción.
Hubo, una vez, uno que llamó mi atención por que no podía terminar de
comprenderlo. Al parecer, en aquella época comenzaba un movimiento de jóvenes en
Estados Unidos que pretendían vivir del reciclaje. Esta cultura alterna, legado
del hippismo y otras yerbas, tenía como práctica aglutinante juntar todo
aquello que era desechado por la sociedad de consumo en las
grandes metrópolis. Y claro, yo entendía que la gente se llevara
un sofá que se encontraba en la calle, pero no terminaba de asimilar
como era que esa gente vivía también de la comida que encontraban en la basura.
Ahora que lo recuerdo me da risa,
porque cuando a mis veinticinco años visitaba a mi sobrina que es unos 5 menor
que yo, en Buenos Aires, y le preguntaba por las verduras mustias que tenía en
la heladera, ella al principio me contestaba que el verdulero la había
estafado. Luego comenzó a decirme que se lo habían regalado. Obviamente yo no
estaba “ligada”.
Fue un poco más tarde que conocí la eco-aldeaVelatropa en la
ciudad universitaria de la UBA, donde ella tenía un segundo hogar y una
segunda familia. Allí el reciclaje era más vasto y una veintena de neo-hippies
verdes y mayas, seguidores de cuanta creencia extraña alrededor de la magia y
del amor al cosmos hubiere, lectores de las enseñanzas de Don Juan, acólitos de
los preceptos del calendario maya, avistadores de ovnis -porque que los hay,
los hay- entregaban abrazos de diez segundos, vagueaban y bailaban descalzos,
para llegar al climax que consistía en hacer una ronda gigante y repartirse los
alimentos (reciclados) y veganos, obvio. Huelga decir que climax
y epifanías a esta gente le gustaba tener varios por día.
Fui hasta allá en dos oportunidades para ver a la
susodicha hippie de la familia, pero huía despavorida luego del primer
abrazo de esos seres sin ducha. Nunca pude sostenerle la mirada a esta gente
que lo mira a uno como si acabaran de recibir una revelación o un rayo
divino o extraterrestre, y parecieran decir "vengo a traerles paz".
Yo era y sigo siendo más oscura, más punk y, espero, más política. Y si bien
admiraba la vida en comunidad... me parecía que esta gente se quedaba muy en sí
mismos.
Tuve primero que vivir en una okupación
en Barcelona para comenzar a entender como funcionaba eso de vivir en comunidad
y de reciclar. Allí un grupo más bien heterogéneo de gitanos,
ilegales, saltimbanquis, curiosos y demás, okupamos un edificio y comenzamos a
vivir con todo lo que encontrábamos.
Mejor dicho, lo primero fue encontrarnos. Conocernos, coincidir
todos en un espacio y hacer un taller que consistía en reuniones donde todas
las decisiones se tomaban en colectivo. Fue decidiendo colectivamente que
conseguimos nuestro objetivo: vivir juntos.
Nuestras coincidencias eran las ganas y la necesidad de vivienda,
y el desacuerdo con el sistema capitalista. Lo fácil, era que era Barcelona,
era posible –ejemplos abundaban-,
contábamos con redes de apoyo –ya conocíamos a los abogados para ese
tipo de casos, e íbamos a afrontar los riesgos. Lo difícil,.. mentiras, no fue
tan difícil. Claro, allá no era tan difícil por que aunque estaba el miedo a
ser detenidos, y algunos incluso extraditados, no temíamos como en estos hemisferios,
la brutalidad policial. Quizás de una manera naif, porque nada más facho que un
policía español.
Los detalles mejor no los cuento, aún hay un proceso judicial al
respecto y aún resiste la casita, en pleno centro de Barcelona, orgullosa y
desafiante.
Pues claro entonces, una vez dentro de ese edificio donde fuimos
"invitados", resultó que el lugar estaba amueblado por sus moradores
anteriores, unos junkies que habían sido desalojados hacia unos seis meses.
Hubo que limpiar, destapiar, echar pintura, tirar escombros en cantidad, pero
de manera sigilosa. Trabar la puerta con un puntal como medida de seguridad ante
posibles desalojos.
Nosotros no éramos hippies
del amor, así que nuestras asambleas estaban llenas de miedos, de la palabra
“seguridad”, y hasta a veces de desconfianzas y recriminaciones. Pero siempre
salimos adelante y logramos manejar las asperezas y coincidíamos en la voluntad
de hacer cosas para la comunidad, en que la casa debía tener un “centro
social”.
Lo más importante pues, para esta historia, cubrir nuestras
necesidades de alimento y abrigo. Se me enseño el arte del reciclaje desde la
necesidad. Alguna vez, una so-pretendida purista del lenguaje me dijo que lo
que hacíamos no era reciclaje porque no estábamos transformando lo que
tomábamos sino que le seguíamos dando el mismo uso, y que la palabra que
convenía entonces era la de recuperación. Yo digo que nosotros veníamos
haciendo esa práctica y nosotros la llamábamos así. Y por ende, teníamos
derecho de llamar a eso que hacemos como queremos y que realmente nosotros
transformábamos lo que juntábamos de basura a objeto de valor, no ya económico
si no, porqué no, humano.
El reciclaje tiene varias acciones: caminar, mirar, reconocer,
evaluar, tocar y olfatear. Desplazándonos encontrábamos en las calles, mantas
viejas, ropa descartada, muebles, sillas, adornos que ya no gustaron, cosas pasadas
de moda, etc. Todo lo más o menos bueno era llevado a la casa, teníamos una sala
al efecto y allí cualquier persona podía entrar a medirse
lo que le gustara. Eso recibe el nombre de Tienda Gratis. El capitalismo nos
enseña la necesidad de cambiar de ropa por aburrimiento y de querer tener cosas nuevas, la tienda
gratis era un lugar de intercambio, donde uno podía llegar con una prenda y
cambiarla por otra o simplemente llevarse otras dos.
Comer era apenas más complicado. Comprendía además, un estudio de horarios. Hay momentos más adecuados para cada
cosa, y al cabo de poco tiempo, se puede hacer un itinerario. Salíamos al
cierre de los negocios, las panaderías, el mercado o feria –para las verduras-,
y los supermercados. Todos tiraban los productos que ya no se consideran buenos
para la venta. Algunos negocios, sobre todo un par de panaderías, nos daban el
pan en mano. En la mayoría tocaba esperar el cierre final y revolver la
basura hasta dar con las cosas: sanduiches del día, pan, masas dulces,
bombones. Vivíamos sin gastar una luka. Las frutas y verduras las esperábamos
en el mercado central de la Rambla Catalunya. Nos quedábamos delante de los containers
y esperábamos a que llegaran las cajas de verduras para botar y filtrábamos las
mejores. De esa manera alimentábamos la casa entera (20 personas) Y también
lográbamos hacer ollas populares, primero 2 veces a la semana, luego casi todos
los días. Alimentábamos allí una cantidad más de personas.
Pero lo más asombroso fue ir a los supermercados a la hora de
cierre a esperar y revisar las bolsas de basura. Allí se encontraban yogures,
leche, queso, salmón rosado, panes, y carnes varias (mayormente pollo y conejo),
entre otras cosas. Todo vencido o a punto de vencer.
Aprendí que nos envenenamos enormemente con la cantidad de
conservantes que le echan a nuestra comida. Empezaron a cambiar realmente mis
impresiones sobre el consumo, la circulación de bienes, la mediación ejercida
por unos pocos para el acceso a los alimentos y quizás mis más contradictorias
creencias sobre los alimentos frescos.
La experiencia de revolver en las basuras. De sacar
sanduiches de atún, con tomate, queso y huevo, de rearmar esos sanduiches
mezclados, en tapas de pan desechas. De abrir una bolsa negra y sacar facturas,
dulces, panes salados, bollos, todo revuelto, todo tirado a la basura luego de
un día, me dejó varias cosas y me transformó.
Cuando estamos, al costado
de la calle, frente a una bolsa, comiendo un sanduiche y compartiéndolo con
algún sin techo o estudiante, algún curioso o hambriento, en la noche
barcelonesa, mientras al lado nuestro pasan turistas de todo el mundo y
borrachos, en plena fiebre consumista, nos encontramos en situaciones
paradójicas
Claro, no dejaba de ser chocante al principio y de enfrentarnos a
varios tabúes. Al “no recogerás cosas del suelo” y menos para comerlas; a los
gérmenes, esos bichos microscópicos para los que ya casi no tenemos defensas a
fuerza de limpiar todo con desinfectante; al miedo a lo desconocido y no saber
que le habrá pasado previamente a esos alimentos que estábamos desembolsando en
el callejón; al miedo a lo conocido y nuevamente a los microbios -¿serán
lo mismo que los gérmenes?- que indudablemente deben poblar el callejón.
Pero el mayor impedimento para realizar este tipo de prácticas es la propia
vergüenza y la mirada del otro.
En el callejón no sólo están los gérmenes, los microbios y, las no
más visibles ratas y cucarachas -a las que intentaremos ganarles de mano-. Están,
sobre todo, los transeúntes. Es la mirada de estos la que humilla al que
recoge, algunas veces, con lástima, otras, con violencia.
Cuando uno recoge lo que los comerciantes tiran por no poder
venderlo, ocurre que a veces aquellos no quieren, bajo ningún motivo, que
alguien aproveche consumiendo lo que no fueron capaces de vender. Claro, como
se sostendría el capitalismo si no? Eso puede volver violentos a algunos, o
llevarlos a hacer cosas como arruinar la comida para que no pueda ser
utilizada, mezclándola con otra clase de desechos, y a agredirnos verbal o
físicamente. Para estos casos, lo mejor es aplicar "a palabras necias
oídos sordos", y puesto que no van a hacer guardia eternamente frente a su
basura, es aconsejable esperar del otro lado de la calle prudentemente, hasta
que se vayan.
Otras personas sienten compasión pensando que sin duda es
humillante juntar lo que otros tiran, sobre todo si es para comer. Entonces
hacen preguntas, regalan algún billete, vienen con un paquetito de algo. Se
interesan y se preocupan pero a ellos hay que explicarles que juntar comida no
es sólo motivado por el hambre, que es además una actitud ética y que ese
despilfarro absurdo de alimentos es lo que permite mantener el precio elevado
de los productos. Me sale pensar, por ejemplo, en los yogures. Toda mi vida amé
los yogures y cuando dejé la casa paterna me di cuenta de lo caros que
resultaban. Con mi presupuesto de estudiante no conseguía tener siempre yogures
y se convirtieron para mí en artículos de lujo. Que sorpresa cuando al comenzar
a reciclar en supermercados me encontré con enormes cantidades de yogur. Claro,
el yogur vence. Pero el yogur es, en sí mismo, una leche pasada y además tiene
conservantes (lo cual será luego objeto de otras reflexiones). En fin, los
yogures tienen un precio elevado y sin embargo son producidos en grandes
cantidades, lo cual esta pensado para tener siempre disponible una gran oferta
al consumidor. Pero también el precio comprende que una gran parte de esa
cantidad no será comprada y será arrojada a la basura, sin ser consumida
por nadie, pocos días antes -o el día mismo- en que su empaque así lo anuncie.
El sistema produce alimentos a alto costo a sabiendas que parte de esos
alimentos no serán consumidos sino desechados. Que no sean aprovechados ayuda a
mantener su precio alto. ¡Que me lo explique mejor un economista!.
La tercera postura incomprensiva frente al reciclador o catador de
lixo, es que uno tendría que dejar eso para alguien que sí lo necesita (ahora
cada cual sabe que necesita, no es cierto?). Lo primero que puede decirse es
que uno da un ejemplo recogiendo alimentos que aún son consumibles y que pueden
ser aprovechados por personas que hubieran considerado la alternativa de
recogerlos demasiado humillante si no nos hubieran visto hacer lo mismo. Juntar
los alimentos y compartirlos con otros –sobretodo con desconocidos- es
simplemente compartir un hacer y un saber, y es también socializar y protestar.
Hay demasiada poca gente recogiendo alimentos y demasiados
alimentos (y objetos) arrojados a la basura por el sistema, por obsoletos o
poco atractivos. Desde el reciclaje se enseña con el accionar, compartiendo con
otros. De alguna manera todos tenemos nuestras razones para necesitar juntar
esos alimentos y objetos. Lo principal será no venderlos. No debe hacerse
usufructo de lo que se junta de los contenedores o de lo que se recoge de la
calle, como tampoco debe hacerse acopio. Simplemente está en contra de los
principios que nos motivan.
Que ocurra que algunos quieran sacar ventaja de lo que recogen en
la calle, ocurre. Claramente. En España, al menos, al cierre de los
supermercados no solamente he visto okupas, amas de casa e inmigrantes -o todo
eso en un solo sujeto-, en lo que era una buena convivencia e intercambio. Sino
que también aparecen de vez en cuando cinco o seis tipos de complexión grande
que quieren llevarse todo, sin repartir e intercambiar, con sospechosas
intensiones. Es el acopio y la reventa. A ellos también hay que
imponérseles y mostrarles entre todos que eso no pertenece a nadie, que debe
repartirse gratuitamente, y que frente a la ley del más fuerte está la unión de
los más débiles. Esos alimentos no deben ser acopiados, sino consumidos
prontamente.
Es evidente que el reciclaje es una práctica dentro del sistema capitalista,
que se sirve de sus desechos, y por ende, solo puede existir gracias este. Más
que una alternativa al capitalismo, el reciclaje es una forma de sabotaje,
porque es no-consumo. Y si bien no cambia el sistema, genera cambios en sus
individuos, produce una conducta crítica dentro del sistema desde la cual se
puede pasar a otras, más reflexivas, como el cultivo urbano. La reflexión
frente a la producción y la distribución de los alimentos mueve a la
solidaridad y permite el egreso de algunos pocos
individuos del circuito del dinero y del consumo.
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